Juro Solemnemente que mis Intenciones No Son Buenas.
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El problema, en sí, no es querer, sino que, cuando querés, necesitás que te quieran. El amor incondicional no existe, eso es una patraña inventada por algún filósofo frustrado que, fracasado en el amor y tras no ser querido por nadie, decidió que no necesitaba que le quisieran para querer.
Si tenes un gato hermoso, chiquito, tierno, lindo, lo querés. Es así. Pero cuando el gato, en lugar de demostrarte afecto, te araña, te bufa, rompe todas tus cosas y te clava sus repugnantes colmillos cuando lo querés acariciar, es evidente: dejás de querer a ese animal detestable. O lo seguís queriendo, que es peor, pero ahora tenés ese desagradable sentimiento de despecho, y deseás sacarlo de tu vida a patadas. Aunque luego lo extrañes.
Ese es el problema de querer.
Y yo le quiero. Mierda, que si le quiero. No se por qué, tampoco me importa saberlo. Le encuentro molesto, malcriado, egocéntrico, insensible. Pero le quiero. Qué le voy a hacer. Preferiría pasar un día entero sentada en un banco del parque con él, a compartir una noche loca en una cama. Pero, por supuesto, no pensamos lo mismo. Son esos momentos en los que se cruzan nuestras miradas y yo sonrío con timidez y él dice: que sexy que sos.
Y es entonces cuando no se que hacer. No se si reírme llorar, abrazarle, besarle, sacarle la ropa o partirle una silla en la cabeza.
Pero luego dice: te quiero. Y no me creo nada. ¿Cuánto? ¿Qué el amor no se mide? Y una mierda. Que esas cosas se dicen fácil y parece que aquí una servidora es la única que les da importancia.
¿Y qué hacer? Si al fin y al cabo, le quiero. Aunque no me quiera como yo quiero que lo haga.
Que complicados que somos, che.